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Doctor en Ciencias Políticas, Pontificia Universidad Católica Argentina. Abogado, Universidad Pontificia Bolivariana. Estudios de Filosofía en la misma universidad. Autor de dos libros, y columnista de la Revista Posición. Director del Programa de Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana. Twitter: @igarzonvallejo

lunes, 6 de mayo de 2013

El Congreso y las redes sociales

El periódico El Colombiano publicó un interesante artículo acerca del uso de los congresistas de las redes sociales. Recoge algunas opiniones mías al respecto.

viernes, 3 de mayo de 2013

¿Qué pasará con las uniones homosexuales?

El periódico Ámbito Jurídico publicó un reportaje acerca del futuro de las uniones homosexuales luego del hundimiento del proyecto de ley en el Congreso. Recoge algunas opiniones mías sobre el tema.

domingo, 14 de abril de 2013

La 'Habanización' de nuestra política exterior

O la polémica expresión “Chávez es mi nuevo mejor amigo” tiene efectos hereditarios, o el Presidente Santos y la Canciller Holguín no se han tomado en serio la hipótesis de un triunfo de Henrique Capriles. Y es que, evidentemente el Gobierno ha mantenido un silencio estruendoso acerca del proceso de desinstitucionalización que el país vecino ha vivido en los últimos meses. El dolor que produce en la oposición esta actitud lo ha expresado la diputada María Corina Machado, para que nadie se llame a equívocos. Tienen razón al esperar un poco de solidaridad desde Bogotá. 

Sin embargo, no se trata solamente de una percepción entre los caprilistas. En los últimos días, el asesinato del canoero Luis Humberto Cáceres en la frontera, al parecer por miembros de la Guardia venezolana, y la intempestiva cancelación de la visita de un grupo de congresistas colombianos que habían sido invitados como observadores a las elecciones, el Gobierno ha mostrado una actitud abiertamente complaciente con Miraflores. La razón, no es difícil adivinarlo, es evitar incomodar al régimen bolivariano.

Hoy sabemos que la temprana distensión entre Hugo Chávez y Juan Manuel Santos se justificó por la mediación que el comandante tendría en el futuro proceso de negociación con las Farc. Pero, muerto Chávez, ¿por qué se mantiene la misma complicidad con los asuntos del régimen bolivariano, aún cuando en ello puedan estar en juego los intereses colombianos? ¿Será que el Gobierno sacó la conclusión de que la continuidad del régimen es más beneficiosa para nuestros intereses -a pesar de estos incidentes-, o existe alguna otra razón?

Una posible respuesta a estos interrogantes consiste en la decisión que habría tomado el Gobierno de adoptar una estrategia política pragmática hacia Venezuela. Esta se basaría en la lección del costo que trajo consigo las disputas de Uribe y Chávez, por lo cual, mediante una disposición pragmática que atiende sólo a los resultados, el Presidente Santos esperaría obtener el mayor beneficio posible de una política de buena vecindad. El pago de la millonaria deuda a los exportadores colombianos, pero sobre todo, el apoyo de Caracas a un acuerdo de paz con la guerrilla serían los dos objetivos de dicha estrategia. 
Ensayemos un balance de la misma. ¿El enfoque pragmático ha dado los resultados esperados? Luego de 32 meses de buena vecindad, ¿los empresarios colombianos recibieron todo lo que les adeudaban? Y de cara a los diálogos de La Habana: ¿tendrá Maduro el mismo carisma y el mismo ascendiente que Chávez sobre la guerrilla para legitimar un posible acuerdo con las Farc ante la comunidad internacional? ¿Le está pasando factura el Gobierno colombiano al caprilismo por la promesa de su líder de evitar que Venezuela siga siendo refugio de las Farc?

En primera instancia, la estrategia de “hacernos pasito” parece razonable y entre nosotros, suele tener muchos adeptos. Los mismos que tienen como lema de vida que es mejor ser rico que pobre, o que oponerse a la paz es como oponerse a la belleza. 
Sin embargo, con un régimen como el de Maduro, que ha llevado la ideología hasta el extremo de lo inverosímil y lo ridículo, se ha ido poniendo de presente la insuficiencia del enfoque pragmático. Dicho de otro modo: no existe una versión puramente pragmática de la política, pues los hechos involucran directa o indirectamente posiciones ideológicas, por lo cual, un enfoque absolutamente pragmático termina siendo contradictorio. 

Por ello fue insólito ver a Santos saludando, cual caudillo continental, a las masas que despedían a Chávez, y cargando en sus propios hombros el féretro del líder bolivariano. También desdice de nuestra tradición diplomática participar de la indignación regional con la remoción constitucional del Presidente Lugo en Paraguay, pero callando ante las manifiestas chambonadas institucionales que precedieron y sucedieron a la muerte de Chávez. Más aún: el Gobierno colombiano fue uno de los primeros en reconocer la legitimidad del nombramiento de Elías Jaua como Canciller. Consecuencias del pragmatismo, seguramente. Pero, ¿también serán los costos del apoyo a la negociación con las Farc?

Al enfoque pragmático de nuestra política hacia el país vecino se le pueden formular tres objeciones. Primero, la postura del Gobierno y la Cancillería colombiana ha sido incoherente, porque si Colombia quiere jugar algún papel regional de importancia no puede demostrar que sólo lo hace en tanto y en cuanto beneficie a sus mejores amigos. Esta asimetría le resta independencia y credibilidad. Perú y Chile, por ejemplo, han mantenido una actitud ‘neutral’ ante Miraflores. 

Segundo, el silencio o la complacencia ante las arbitrariedades de Caracas envía un mensaje político infortunado: no importa si para mantener una buena vecindad y un apoyo al proceso hay que sacrificar intereses de los colombianos. Además del cinismo que ello refleja, los Estados modernos se caracterizan precisamente por cuidar la vida y la seguridad de cada ciudadano. Israel es un ejemplo de ello.   

Si a lo anterior se agrega que según los últimos sondeos hoy habrá un final muy apretado, es un hecho que ante un triunfo de Henrique Capriles el Gobierno colombiano quedaría en fuera de lugar. 

De cualquier forma, sea cual sea el resultado, es el momento de hacer un balance de la excesiva ‘habanización’ de nuestra política exterior. 

Publicado en El Espectador.com, 14 de abril de 2013.  

sábado, 6 de abril de 2013

La Iglesia y los diálogos con las Farc

El Cardenal Rubén Salazar se habría comprometido con el Presidente Santos a “ambientar el proceso de paz entre los católicos”, informó BluRadio. Inicialmente pensé que se trataba de una especulación periodística. Pero al parecer, el propio Arzobispo de Bogotá ha ido confirmando la versión: “Nosotros tenemos la gran esperanza de que una vez más la Iglesia pueda contribuir eficazmente a la construcción de la paz en nuestra patria”, informó El Tiempo. Asimismo, en la rueda de prensa que ofreció a su llegada de Roma comentó: “Estoy convencido de que los momentos de tensión más difíciles del proceso ya pasaron. Pienso que todo nos invita al optimismo, a encontrar el final a esta noche tan oscura que ha sido la era de la confrontación armada”. Y fue más allá, pronosticando aspectos que no son propiamente de orden espiritual: “El país podría crecer entre 2 y 3 puntos si el conflicto cesa”, y exhortó con convicción a no “desanimarse con el proceso”.

La Iglesia, como lo recordó hace unos días el Papa Francisco, es una institución de naturaleza espiritual, no política. Ciertamente, es legítimo que tanto los jerarcas como los laicos tomen partido ante las diferentes situaciones políticas. Lo que no es conveniente es que la opinión personal de ningún bienintencionado católico comprometa a la Iglesia en cuestiones que son, de suyo, cambiantes, contingentes y opinables. Los diálogos entre el Gobierno y las Farc son una de ellas. 

Alguno replicará que la paz es un anhelo nacional, y que todo hombre de buena voluntad estará de acuerdo con alcanzar este ideal. La paz como finalidad, puede que sí. Pero incluso, como ideal político es más realista hablar de la concordia, pues la paz es un ideal de orden espiritual, irrealizable en este mundo conflictivo. De allí que la expresión “proceso de paz” traiga consigo cierto espejismo. 

Pero aún si coincidiéramos todos en el mismo fin, es un hecho irrefutable que discrepamos en los medios de realizarlo: según el Gallup Poll de febrero, el 42% de los encuestados prefiere no dialogar, y tratar de derrotar militarmente a la guerrilla. El 62% está de acuerdo con el diálogo (una cifra que, por lo demás, viene disminuyendo) mientras que el 36% está en desacuerdo con que el Gobierno haya emprendido una negociación con las Farc. El 62% no cree que en esta oportunidad se llegará a un acuerdo que ponga fin al conflicto armado. Es decir, en el país no solo hay bastante escepticismo frente a los diálogos, sino que muchos ciudadanos cuestionan el propio mecanismo político empleado.


En este contexto, las opiniones del Presidente de la Conferencia Episcopal podrían ser interpretadas por el católico común y por el no católico como un compromiso institucional de la Iglesia con los diálogos de La Habana. Ello puede generar la confusión acerca de si dicho compromiso es inspirado por una razón religiosa, lo cual lo pondrá ante el interrogante de si, como católico, tiene un deber de conciencia de asumir la misma actitud. 

Por si esto fuera poco, al tomar partido puede suceder que la Iglesia, por pretender ser creída en todo, termine no siendo creída en nada, tal y como advirtió Alexis de Tocqueville en el siglo XIX. Es un riesgo inevitable que la Iglesia -en este caso algunos Obispos- corre si toma partido por asuntos que no son de carácter espiritual y moral, ámbitos en los cuales reivindica una autoridad legítima.

El optimismo ante los hechos políticos es una actitud válida. Pero no es un deber moral. Y menos, religioso. La que sí es una actitud religiosa es la esperanza. Pero, afortunadamente, se refiere a la vida eterna. 

Publicado en Revista Posición, 3 de abril de 2013.   

viernes, 22 de marzo de 2013

El fenómeno Francisco

¿Qué estarán pensando quienes sostienen que la religión es un asunto privado e individual con el despliegue mediático que ha suscitado la Iglesia durante las últimas semanas? Primero fue la inesperada renuncia de Benedicto XVI, luego la expectativa del Cónclave, y ahora, muchos corresponsables no quisieran abandonar Roma cautivados por un Papa que sorprendió desde el momento mismo que fue anunciado el solemne “Habemus Papam”, y cada día da más que hablar por su sencillez y humildad. 

Lo cierto es que la Iglesia católica lleva por lo menos dos meses en el centro de la información mundial. En días pasados era imposible encontrar un periódico o una revista de actualidad que no tuviera al Papa en portada. Los medios se han ocupado del hecho noticioso mismo: la elección de un Papa latinoamericano, aunque han aclarado que se trata de alguien que como Arzobispo de Buenos Aires tuvo posturas conservadoras en asuntos morales. No vaya ser que alguien piense que hubo conversiones en las salas de redacción... 

Desde el punto de vista político, la elección del Papa Francisco no es intrascendente. Además del hecho obvio de demostrar el potencial movilizador y congregador de la religión cristiana, el interés que suscitó lo sucedido en la Iglesia durante estas semanas es la muestra de su influencia cultural en Occidente, y de la expectativa que producen sus decisiones. En una época que el progresismo pretende declarar obsoleta toda tradición por anticuada, es reconfortante presenciar la vitalidad y el significado de las tradiciones eclesiales, algunas de las cuales tienen veinte siglos de antigüedad. 

Aunque sea casi un lugar común decirlo, la elección de un Papa argentino revela la creciente importancia geopolítica y georeligiosa del continente latinoamericano. Además de contribuir al mito en torno al liderazgo mundial de los nacidos en la bella pampa, el suceso ya comenzó a distensionar las relaciones entre el kirchnerismo y la Iglesia en la Argentina, aunque por cuenta del peculiar estilo de Cristina Fernández, el nuevo Papa ya haya tenido un dolor de cabeza diplomático con el Reino Unido debido a la solicitud de aquella de  mediar en el conflicto por las islas Falklands o Malvinas.  

El hecho revela también la pérdida de importancia en términos poblacionales y acaso culturales del catolicismo en Europa. Es un hecho que hoy hay más católicos en Brasil o México que en Francia o España, y si la tendencia se mantiene los católicos del mundo estarán mayoritariamente en el sur del mundo, especialmente en América Latina y en África. Que el elegido haya sido un descendiente de italianos parece demostrar la delicadeza con la que están asumiendo la deseuropeización del catolicismo en la curia romana. Los sociólogos de la religión ya debieron tomar nota de lo que está pasando. 

Hace unos años, el sociólogo alemán Ulrich Beck acuñó la expresión “el fenómeno Benedicto”, aludiendo al impacto global del Papado del Cardenal Ratzinger. Aunque pueda ser prematuro, ya podemos hablar del “fenómeno Francisco”, esto es, el impacto del Papa que está conquistando a todos por su admirable sencillez. Veremos si este se mantiene cuando nos acostumbremos a sus gestos de austeridad y empiece a incomodar porque  predica aquellas cosas por las cuales el mundo siempre se ha sentido incómodo con la Iglesia. Él mismo ya lo recordó: “La Iglesia no es de naturaleza política, sino esencialmente espiritual”. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 22 de marzo de 2013. 

domingo, 10 de marzo de 2013

Después de Chávez

Las cábalas sobre el futuro de Venezuela es el gran tema de los analistas políticos en estos días. Del balance del gobierno de Hugo Chávez y de su legado político se ocuparán los historiadores. Por ahora, limitémonos a ensayar algunos posibles escenarios políticos, teniendo en cuenta la compleja situación social, política y económica en la que queda el vecino país después de haber sido el laboratorio del socialismo del siglo XXI durante 14 años. 

Aunque sea casi un lugar común decirlo, el chavismo se mantendrá en el poder si evita dividirse. Cuando escribo esto es una incógnita si Diosdado Cabello va aceptar con resignación el lugar secundario que le fue asignado, en contra de lo que señala la Constitución, esto es, que él debía ser el Presidente en el período de interinidad. También es casi un lugar común advertir que Maduro no tiene el carisma de Chávez, y por eso, no es seguro que tenga la misma capacidad para mantener unidas las filas chavistas. Por un buen tiempo éstos apelarán a mantenerse unidos en torno a un mito de tintes religiosos, y convertirán al Presidente bolivariano una suerte de “Ché Guevara” en lo que a simbología y romanticismo del socialismo se refiere. 

Aunque en los últimos 14 años la oposición nunca había tenido un escenario tan propicio para volver al poder, es incierto que las mayorías ciudadanas vayan a dar un giro, y sean capaces de dejar atrás el cómodo modelo bolivariano de subsidios y burocracia estatal. A los signos de división se suma la dificultad de estructurar un discurso alternativo cuando aún los sentimientos por la muerte del Teniente Coronel están a flor de piel. 

La moderación y no ceder ante las provocaciones le traerá mejores resultados a Capriles y los suyos. Un discurso pugnaz sería contraproducente, no solo porque puede desatar formas de violencia de las Fuerzas Armadas y de las milicias bolivarianas, sino porque además, generarán el efecto defensivo del chavismo en contra de un enemigo común. Las posibilidades de éxito de la oposición aumentarán si son capaces de mostrar que son una alternativa de poder sobre todo para recomponer la unidad social y enfrentar la crisis de la economía. Si hubiera una transición, el modelo chavista de subsidios internos y externos tendrá un desmonte paulatino para evitar una mayor polarización. Una cuestión de tacto, básicamente.
Más allá de la situación interna, el otro gran interrogante consiste en el papel que de ahora en adelante jugará Venezuela en la región. Con la billetera de los petrodólares bastante golpeada por la crisis interna el escenario para los países satélites del socialismo del siglo XXI no es muy halagüeño. No es seguro que Maduro, en caso de ganar las elecciones, mantendrá la misma pretensión de liderazgo continental de aquél. En este empeño el carisma no le juega a su favor, por supuesto. Pero aún si quisiera mantenerlo, la pregunta será hasta cuándo tendrá recursos suficientes para hacerlo. 

Adicionalmente, las presiones internas para que el próximo gobernante se ocupe más de resolver los problemas de la casa podrían jugar en contra de la expansión de la revolución bolivariana. El Alba y Unasur mantendrán una inercia socialista, aunque su hegemonía será compartida y emergerá la pretensión de Correa de asumir un mayor protagonismo. Lo que es indudable es que el escenario continental sin Chávez afianza el liderazgo de Brasil, y que su ausencia le quita un importante respaldo a la guerrilla de las Farc, quienes pierden a su mayor legitimador externo. 

En cualquier caso, lo único seguro es que el panorama venezolano de las próximas semanas va ser casi tan impredecible como actuaba el mismo Chávez. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 8 de marzo de 2013. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Adenda a la columna anterior

El periodista Luis Fernando Ospina publicó hoy en El Colombiano el monto de las pretensiones económicas de las familias de las víctimas del caso de los desaparecidos del Palacio de Justicia en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 
En total, estas ascenderían a 24 millones de dólares, y en algunos casos, sería una indemnización adicional a las que ya recibieron del Estado colombiano. 

sábado, 2 de marzo de 2013

¿Otra condena de la Corte IDH?

La defensa que Rafael Nieto Loaiza formuló ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso de los desaparecidos del Palacio de Justicia en 1985 produjo un debate público en el país. Al margen de los argumentos jurídicos del caso, los cuales, a juzgar por la columna del propio abogado en El Colombiano (24/2/2013) son muy razonables, quisiera proponer algunas consideraciones acerca de la postura del país ante la Corte IDH. 

Algunos sectores ilustrados parecen asumir que es lógico que el Estado sea condenado en instancias internacionales. Ello explica su indignación pública con la línea de defensa de este caso, pues consideraban que un discurso presidencial (aún habiendo varios en sentido contrario), el informe de una Comisión de la Verdad, y unos fallos internos (aunque pendientes de revisión), debían llevar a los representantes estatales a hacer un sonoro mea culpa al que sobreviniera la petición de una suerte de sentencia anticipada. Más allá de la ironía, sí insinuaron que no había mucho que defender. 

Hay allí una actitud profundamente anti-patriótica, pues dado que la responsabilidad internacional no es individual, los tribunales condenan o absuelven a los Estados, es decir,  a sus ciudadanos, depositarios de la soberanía y quienes los sostienen con sus impuestos. Asumir que lo lógico sería una condena, implica sugerir que Colombia tiene como política de Estado la violación sistemática de los derechos humanos. Y no es así, pues ésta no es una dictadura, sino una de las democracias más antiguas del continente, que nuestras élites deberían ser las primeras en hacer respetar. 

El problema reside en que los derechos humanos, entendidos ideológicamente, se basan en un maximalismo moral que consiste en exigir del Estado una actitud intachable, desconociendo que aún está en un proceso de construcción. Más aún en un país como el nuestro, que ha sido víctima de una situación de violencia y desorden particularmente grave si se compara con los Estados de la región. Hace unos años, Iván Orozco graficó esta tensión en torno a los derechos humanos entre los defensores de estos -propia de contextos dictatoriales- y los hacedores de paz -propia de los conflictos internacionales-. Evidentemente, la Corte asume la postura ideológica de aquellos, y por ello el Estado siempre estará en desventaja. 

Además de la dudosa legitimidad de la intervención de la Corte IDH en un caso que aún no ha tenido su última instancia en la justicia interna, es oportuno preguntarse si un tribunal internacional está en capacidad de esclarecer una verdad histórica que nos ha sido esquiva durante 27 años. Es igualmente grave que los fallos de la Corte tengan cuestionamientos tan serios a sus procesos probatorios y a su carga argumentativa en fallos especialmente controversiales. La debilidad probatoria, la aplicación de dudosos precedentes y, en algunos casos, el abierto desconocimiento a los alegatos de una de las partes en litigio son razones suficientes para dudar de la independencia de los jueces de la Corte IDH, pero sobre todo, que fallan en Derecho.  

En un acto de responsabilidad, nuestra dirigencia política debe replantear seriamente la pertenencia del país en la Corte Interamericana, es decir, promover una reforma de sus estatutos de tal forma que sólo tenga carácter consultivo y no jurisdiccional. Colombia es uno de los Estados que más condenas ha tenido en el sistema interamericano. Mientras las condenas de Brasil, Argentina, Chile y hasta Bolivia podrían contarse en cada caso con los dedos de la mano (por no mencionar las inexistentes hacia Estados Unidos o Canadá), las de Colombia ya van en 23. Por eso tenemos la legitimidad moral y política para promover dicha reforma. 

De lo contrario, sea cual sea la estrategia de los abogados que nos representen, la Corte IDH seguirá condenando al Estado colombiano. Y los ciudadanos seguiremos pagando el costo. 

Publicado en Revista Posición, 1 de marzo de 2013. 

martes, 19 de febrero de 2013

La última lección

Es infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro [...] que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a un cierto momento dice: “no puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede [...] presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente”. Esta frase fue pronunciada por Max Weber en su célebre conferencia “La política como vocación”.  Fue hace casi un siglo. Pero hoy se puede aplicar a otro alemán: Benedicto XVI. El intelectual que fue Papa.  

Su renuncia ha sido conmovedora, pero sobre todo, ejemplarizante. Sin duda, una decisión valiente que demuestra que cuando el poder se entiende como servicio no hay razón para aferrarse a él, y por el contrario, en un determinado momento las circunstancias pueden aconsejar que lo más conveniente es que otro asuma el timón. 

Benedicto XVI fue un Papa excepcional. Continuó el diálogo que la Iglesia sostiene con el mundo moderno, y que tuvo sus hitos más significativos en el Vaticano II y en el Pontificado de Juan Pablo II. En este sentido, fueron muy interesantes sus viajes a Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania, España, Brasil, México y Turquía, naciones con gran influencia en la cultura actual. 

Los discursos que pronunció en estos lugares muestran que dos frentes ocuparon su atención. Por un lado, confirmar y alentar en la fe a quienes en medio del acelerado proceso de descristianización y de la dictadura del relativismo podían vacilar en su fe, y diluir su identidad en lo políticamente correcto. Por otro lado, entablar un diálogo sincero con los no creyentes y los fieles de otras confesiones, mostrándoles el potencial ético y humanista de la racionalidad cristiana. Sus discursos en Ratisbona, en Westminster Hall, en el Bundestag, en la ONU, en el colegio de los Bernardinos, y el que un puñado de laicistas le impidieron leer en La Sapienza, son un lúcido intento por mostrar las características distintivas de la cosmovisión cristiana, así como la apertura a la verdad, el bien y la belleza de toda racionalidad que no se deje limitar por el cientificismo y las ideologías. 

Este esfuerzo por encontrar puntos de encuentro con la racionalidad secular es uno de los aspectos más significativos de otro Papa que se tomó en serio la modernidad. Probablemente sólo podría hacerlo con tanta lucidez alguien que solía definirse a sí mismo como un “profesor universitario”, y quien desde hace décadas había abordado con su pluma cruciales aspectos de la doctrina cristiana, evidenciando siempre no solo una gran cultura, sino además, una fina sensibilidad por los problemas del hombre de hoy.  

Por eso, a pesar de las caricaturas mediáticas, siempre evidenció su  disposición al diálogo. La célebre entrevista con Vittorio Messori en los ochenta, las tres entregas de Peter Seewald en las que lo interrogó sobre infinidad de temas, así como sus libros teológicos sobre la vida de Jesús, sobre los cuales aclaró que no los escribía en cuanto Papa, y por lo tanto, “me podéis contradecir”, revelan la actitud de quien está dispuesto a dar razón de su fe y su esperanza.  

El Papa enseñó con sus palabras. Pero, como los grandes hombres, también con sus obras. Su renuncia es una lección de humildad y responsabilidad que lo enaltece. Como en la Universidad de Ratisbona, muchos no entenderán esta lección, y seguirán entretenidos en sus especulaciones. Lo que importa es que el Papa hace cosas que no son de este mundo. Quizás porque tiene su corazón en el otro. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 18 de febrero de 2013. 

sábado, 2 de febrero de 2013

Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?, de Michael Sandel

La lectura de este libro se justificaría aunque sólo fuera por el hecho de que en él se pone de presente lúcidamente la relevancia de formular una reflexión filosófico-política acerca de los problemas sociales y culturales de la actualidad. Sin embargo, no es la única razón por la cual vale la pena leerlo. Pues, además, este libro de Michael J. Sandel, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard, constituye un resumido y ameno panorama de las principales corrientes de la filosofía política: el utilitarismo, el libertarismo, los liberalismos kantiano y rawlsiano, el aristotelismo (llamado por algunos perfeccionismo), y el comunitarismo, su propia postura intelectual. 

No se asuste el lector académico (o academicista) porque califico como ameno un libro filosófico, pues pretendo resaltar, simplemente, que las posturas filosóficas son explicadas a partir de numerosos casos reales, lo cual, dicho sea de paso, permite desmitificar la idea según la cual, la filosofía –aún la social y política– es una cuestión abstracta e irrelevante para la vida práctica. En este sentido, la metodología empleada por Sandel se explica por el origen de la obra: se trata de un texto que recoge lo que enseña en sus concurridas clases universitarias. 

La reseña completa como fue publicada en la Revista Estudios de Derecho de la Universidad de Antioquia, puede leerse aquí.

jueves, 31 de enero de 2013

¿Amarrados a la Mesa?

¿Qué consecuencias traerá para el país tener una guerrilla cada vez más envalentonada y desafiante? Desde el inicio del proceso de negociación, las Farc han exhibido una actitud que sólo deja imperturbables en su optimismo a los más cándidos. Algunos dirán que el discurso es sólo para la vitrina, que están aprovechando su cuarto de hora para legitimarse, que seguramente en la Mesa de diálogo adoptarán una actitud menos intransigente. Me temo que la verdad es otra. Y si no hubiera tal unanimismo en las élites políticas e intelectuales y en los medios de comunicación, sería más evidente. Veamos.

En varias regiones del país, día a día denuncian que la guerrilla sigue a sus anchas traficando, reclutando menores, secuestrando y cometiendo actos terroristas. La ‘tregua navideña’, que ‘solamente’ tuvo 57 excepciones (una por día) demostró lo lejos que está la guerrilla de mostrar una voluntad real de paz, y por lo tanto, el distanciamiento entre la realidad y su retórica acerca de la “regularización del conflicto” y el “dejar de usar las armas”. Ahora, luego del secuestro de los policías Víctor Alfonso González y Cristian Camilo Yate advierten que seguirán secuestrando a soldados y policías, “prisioneros de guerra”, toda vez que su compromiso es no hacerlo con fines extorsivos. ¿Acaso el sufrimiento que se le inflige al secuestrado y su familia no es una forma de extorsión y chantaje moral?

Entretanto, el Gobierno sigue enviando mensajes contradictorios. De un lado, el Ministro Juan Carlos Pinzón y Humberto de la Calle cuestionan permanentemente el lenguaje pugnaz de las Farc y les exigen menos cinismo y más voluntad de paz. Pero de otro lado, el Presidente convalida la lucha guerrillera con afirmaciones como “Dos polos que se han matado unos a otros durante tanto tiempo... pueden hacer la paz”. Ello por no hablar de las incontables veces que intenta exculparlos. Así, mientras Santos cosecha simbólicos  apoyos internacionales al proceso, olvida que el día a día de esta guerra no se libra en los cómodos salones de los hoteles santiaguinos ni habaneros, ni en el Palacio de Nariño, sino en las regiones del país donde la soberanía estatal es una palabra vacía de contenido.    

Ciertamente se podría pensar que las Farc están divididas internamente, y que los jefes que están en Cuba envían unas órdenes que apenas si llegan a los guerrilleros rasos en las selvas del país. De ser así, ya tendríamos algunos indicios de las dificultades de un eventual post-conflicto. La otra posibilidad es que estemos empezando a ver una película que ya hemos visto: la negociación es sólo un pretexto de las Farc para ganar tiempo, fortalecerse militarmente, legitimarse políticamente, y escalar la confrontación. Probablemente, algunos entusiastas del proceso señalarán que es muy pronto para sacar una conclusión tan pesimista. Sin embargo, la ausencia de hechos de paz desde el inicio del proceso no permiten asumir razones más creíbles. ¿O sí?  
¿Está atado el Gobierno a la mesa de negociación? ¿Tendrá la valentía y la responsabilidad histórica suficiente para pararse de la mesa cuando la guerrilla siga demostrando que no quiere la paz? Pero sobre todo, ¿veremos algún día cercano hechos que  a los colombianos nos convenzan de que la guerrilla esta vez sí se quiere desmovilizar , reinsertar y contar la verdad? 

Puede que aún sea pronto para saberlo. Lo que sí sería imperdonable e irresponsable es que el Gobierno sea prisionero de su optimismo y de haberle apostado tan alto al éxito del proceso. Es decir, que esté amarrado indefinidamente a la mesa de negociación. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 1 de febrero de 2013.

domingo, 20 de enero de 2013

Venezuela y Bogotá

Curiosa lógica aquella que sirve al mismo tiempo para justificar las picardías de los amigos ideológicos y cuestionar las de los enemigos políticos. La lección la enseñó Platón hablando sobre la justicia cuando le reprochaba a Polemarco y Simónides su concepto según el cual la justicia consistía en beneficiar a los amigos y perjudicar a los enemigos. Tal comportamiento podríamos calificarlo hoy como amiguismo, favoritismo, clientelismo o, sencillamente, corrupción. No se trata de un acto exclusivo de la voluntad, pues se prepara en la mente, incluso, como dicen los judíos, en el corazón, que es el lugar donde las virtudes y los vicios echan raíces.  

Pues bien, en estos días hemos visto dos episodios, en el país vecino y en la capital del país, que evidencian que el razonamiento político puede llegar a ser  bastante acomodaticio e injusto. Me explico.

Cuando en Honduras y en Paraguay los presidentes Zelaya y Lugo fueron retirados del poder mediante procedimientos legales e institucionales, los áulicos del socialismo bolivariano pusieron el grito en el cielo y hablaron de “golpe de Estado”, “desinstitucionalización” y “atentados contra la Democracia”, así con mayúsculas. La algarabía socialista promovida por Chávez dejó claro que la izquierda latinoamericana tenía el poder de alcanzar consensos en organismos como Unasur o mayorías en la OEA para legitimar sus posiciones. Algo similar ocurrió en 2007 tras el bombardeo del ejército colombiano al campamento de ‘Raúl Reyes’ en Ecuador.  

Hoy, la situación que padece Venezuela le inspira lástima a cualquiera que se identifique como demócrata. El presidente reelecto que debía posesionarse el 10 de enero no lo hizo, y para colmo, el Tribunal Supremo de Justicia le concedió “todo el tiempo que sea necesario para que se recupere”, y así, tome posesión cuando le plazca (o pueda). La posesión es un mero formalismo, dictaminaron los togados. Entretanto, el presidente ausente sigue gobernando desde la cama de un hospital cubano sin que nadie sepa a ciencia cierta cuál es realmente su estado de salud. 

Más allá de la tragicomedia, desconsuela que en la región no haya habido algún organismo o líder político que alce su voz de protesta en nombre de las instituciones y de la democracia. Por el contrario, hemos visto un coro de aplausos que elogiaron lo sucedido el 10, y se sumaron a la veneración de un retrato. Afortunadamente, los nuevos mejores amigos de este altiplano se excusaron de asistir a la posesión del que no se posesionó. ¿Dónde quedaron los defensores de la democracia, la separación de poderes y la voluntad popular expresada en la Constitución? Entretanto, hoy reina en el continente un silencio irresponsable y cobarde.

Pero si allá llueve, por acá no escampa. Gustavo Petro cumplió un año en ‘el segundo cargo más importante del país’, gobernando mal, dedicado a tuitear, echar discursos y enviar mensajes simbólicos que sólo entienden sus incondicionales, preso de su ego y su falta de ejecutoria. Pero cuando alguien promueve la revocatoria de su mandato, todos dicen a una: “es una medida inconveniente”, “es muy pronto”, “le faltan tres años”, “él ya aprendió la lección”, “es una decisión costosa para la ciudad”, “ningún alcalde se ha caído (luego, es imposible que alguno se caiga)”, “es un reinsertado (luego el mensaje sería fatal para la guerrilla)”, etc. 

¿Qué pasaría si quienes hicieran lo que les da la gana con la democracia y sus instituciones no fueran de izquierda? ¿Qué responsabilidad moral y política les cabe a quienes legitiman lo que está sucediendo en Bogotá y en Venezuela con un silencio pusilánime e irresponsable? 
En fin, sólo seremos una sociedad políticamente seria el día que la democracia y las instituciones signifiquen lo mismo para todos. 

Apostilla. Los domingos no volverán a ser iguales sin Juan Paz. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 18 de enero de 2013. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Dónde están los politólogos?

Los países suelen estar fascinados con ciertas ciencias y disciplinas que les permiten  interpretar sus problemas sociales. En Francia, los filósofos tienen autoridad para hablar sobre lo público, y la filosofía no es una disciplina relegada a los ámbitos escolares y universitarios. Algo semejante sucede en Argentina con la sociología. Allí los sociólogos son invitados obligados cuando de un análisis social se trata. En Estados Unidos es impensable que profesores de economía, derecho o ciencia política no sean al tiempo intelectuales públicos, y que opinen frecuentemente sobre el acontecer nacional. Entre nosotros -¡ay el santanderismo!-, el derecho es la disciplina que ocupa un lugar hegemónico y casi excluyente cuando se trata de explicar y resolver los problemas públicos. 

La discusión que planteo va más allá de cuál es la profesión de quienes hacen los análisis políticos, escriben en la prensa o comentan en la televisión las elecciones: se trata del enfoque que se le da a los asuntos públicos. En este sentido, Jorge Giraldo Ramírez (El Colombiano, 2/12/2012) ha hecho un lúcido llamado de atención sobre la necesidad de abordar políticamente el problema que el fallo de La Haya trajo consigo. Hacia adelante, por supuesto, pero también hacia atrás, haciendo un ejercicio de rendición de cuentas no sólo de los presidentes de turno, golpes de pecho para la galería, sino de las élites en general. 

En un mundo cuya gramática es la de los derechos, comprender el Derecho es un acierto y un imperativo. Pero más allá de las discusiones disciplinarias sobre nuestro precario enfoque jurídico, aún muy ligado al positivismo y al formalismo -lo que en términos populares significa leguleyismo-, el problema es creer que ese enfoque de los asuntos públicos es el único o, en todo caso, el más importante. 

La política, pero también la ética o la moral quedan marginadas cuando las discusiones son básicamente judiciales y disciplinarias (¡ni siquiera jurídicas en sentido amplio!). Por eso, cuando logramos incorporar un componente de moralidad en una discusión pública, éste sigue siendo, en últimas, jurídico: la lucha contra la corrupción se presenta como un asunto estrictamente disciplinario y judicial, y no como un menoscabo de bienes comunes. Resulta ilustrativo de lo anterior que ya el Procurador haya anunciado investigaciones a los responsables de la pérdida de los 75.000km2 del mar territorial de San Andrés. ¡Cómo si la miopía histórica y la estupidez política se pudieran resolver destituyendo funcionarios de segunda! 

La paradoja es que aunque muchos de nuestros problemas son políticos, el análisis  de los mismos desde las áreas de las ciencias políticas no siempre es tomado en serio, o suele ser esgrimido únicamente por los propios actores políticos. Con contadas excepciones, por supuesto. Pero los análisis políticos suelen ser vistos con sospecha porque se cree que siempre son interesados, partidistas o infundados. Y una sociedad que le deja el análisis de la política a sus protagonistas -cuya visión es parcial por definición- o a quienes deben hacer su crónica pero no suelen profundizar, no se toma en serio la política como el arte de tomar decisiones prudentes dirigidas a construir el bien común. 

Para darle un lugar adecuado a la política necesitamos reconocer que los problemas políticos no pueden ser interpretados principalmente desde visiones no políticas o anti-políticas. En síntesis, se requiere un mayor reconocimiento al trabajo de los politólogos.  Finalmente, se necesita evidenciar que quien no se quiere encontrar con la política, ya sea porque vive juridizándola o domesticándola con buenas intenciones, ésta termina por encontrarlo y notificándole las consecuencias de su omisión. Y para ello, no hay abogados que valgan. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 7 de diciembre de 2012. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Escobar

Comparto plenamente la crítica según la cual las series televisivas de narcos no nos ayudan a superar el estigma de que somos una sociedad permeada por el narcotráfico. Y es que tenemos una obsesión colectiva que nos lleva a deleitarnos con la representación cinematográfica y televisiva de nuestro problema social más grave: el tráfico de drogas y sus perversos efectos sociales. 

Sin embargo, la serie “Escobar, el patrón del mal”, de Caracol Televisión, me hizo hacer una excepción a la regla de cambiar de canal cuando se emiten estos programas. Y ello porque era una serie con una pretensión histórica, casi documental, y rendía un homenaje a las víctimas de la violencia de las décadas de los ochenta y noventa. 

Como este propósito era lógico que hubiera una cierta exaltación de las víctimas, y por pasajes, la serie explotaba excesivamente la sensibilidad del televidente hacia ellas. Esto no necesariamente es incorrecto: dado que nos hemos acostumbrado a vivir con cientos de víctimas de todas las formas de violencia, es válido un homenaje a las del narcotráfico. Contribuye a la memoria. Noble fue que, lejos de cualquier espíritu vindicativo, la serie mostrara a la familia de Escobar como quienes también padecieron sus delirios. 

Es muy discutible el enfoque propagandístico a los otrora gloriosos Partido Liberal o El Espectador. Más allá de eso, la serie se esforzó porque la mayoría de los personajes tuvieran un parecido físico con los históricos. La actuación de Andrés Parra encaja en ello: su gesticulación, su voz, sus lágrimas y demás, nos permitieron ver a un Pablo Escobar de carne y hueso, muy diferente del ídolo posmoderno que otras series intentan mostrar, y ahí sí, idealizar. 

Por supuesto, si la serie retrató con bastante fidelidad la época, la familia y los personajes del entorno del “patrón”, ello se debe en buena medida a que estuvo inspirada en una de las  biografías más serias, mejor documentadas y nada apologéticas que sobre él se han escrito: “La parábola de Pablo”, de Alonso Salazar. En ella el ex-alcalde de Medellín reconstruye la vida de Escobar desde su infancia, y construye un ameno relato a partir del testimonio de decenas de personas que lo conocieron. Revela detalles curiosos, misteriosos, sorprendentes, pero sobre todo, lo muestra como un hombre obsesionado con el dinero y el poder a cualquier precio. Esa lógica fue la misma que terminó devorándolo y arrojándolo sin vida en un tejado una tarde de diciembre. 

“Escobar, el patrón del mal” no solo salda cuentas con nuestro pasado, sino también con el presente. El modo de operar de los capos de entonces es el mismo que el de los capos de ahora. El soborno a soldados, policías y jueces, el temor social que despiertan para no ser denunciados, la forma como se lucran muchos de su dinero, su táctica de mimetizarse entre la gente “bien” de nuestras ciudades, no es algo que haya quedado en el pasado. Tampoco aquella nefasta creencia de que son gente a imitar. 

La gran deuda histórica es de la clase política. Aliados, cómplices o negligentes, muchos políticos en el país han mantenido unos vínculos perversos con la mafia que han contribuido a la legitimación social del narcotráfico y a que se obstaculice la construcción de un Estado fuerte. Esta connivencia explica que sus imperios crezcan desproporcionadamente, y que la cultura del dinero fácil y el éxito inmediato haya permeado a nuestra juventud. En este aspecto la serie tiene absoluta actualidad. Por eso, viéndola, no solo me sentía recordando épocas idas, sino también mirando una fotografía instantánea. 

Publicado en El Mundo, Medellín, 23 de noviembre de 2012. 

domingo, 11 de noviembre de 2012

No hay causa perdida


Los buenos libros deben leerse despacio, no de un tirón. Al menos esa es la forma que tengo de disfrutarlos. Por eso, he tomado algunas semanas en leer las memorias del Presidente Álvaro Uribe, “No hay causa perdida”.

Desde el punto de vista de la literatura política, la publicación del libro constituye un aporte a la discusión pública nacional. No es usual que nuestros mandatarios escriban este tipo de textos y, como saben los historiadores, el testimonio escrito de los protagonistas de los acontecimientos políticos es un componente fundamental de cualquier reconstrucción y análisis posterior. Para los investigadores de las ciencias sociales es un documento que expresa la forma como el Presidente concibió y ejecutó sus principales acciones de gobierno. Para los ciudadanos, una forma detallada de recordar algunos de los mejores momentos que hemos vivido como país en las últimas décadas. Para los extranjeros, una amena forma de conocer la transformación de una nación.   

Las memorias muestran porqué Álvaro Uribe fue un Presidente excepcional, que gobernó al país en un momento histórico excepcional. Uribe es excepcional por su capacidad de trabajo, su micro-gerencia, su detallado conocimiento del territorio nacional, y la oportuna decisión de afrontar en serio el principal problema público cuando fue elegido: la violencia. Que hace 10 años Colombia atravesaba un momento excepcional lo evidencian los desbordados índices de secuestros, asesinatos, atentados terroristas, minas anti-personas, hurtos, y demás formas de intimidación a la población por parte de las guerrillas, los paramilitares y la delincuencia común. En este sentido, el gobierno de la seguridad democrática entregó unos resultados por los que hace una década nadie apostaba y con ello, abrió el país al mundo.

“No hay causa perdida” pone de presente dos aspectos decisivos de la presidencia de Uribe: la contundencia de lucha contra las Farc, y un estilo propio de gobernar. El libro cuenta con bastante grado de detalle lo ocurrido entre-telones de los operativos más exitosos contra la guerrilla. La contundencia de los golpes militares contra los cabecillas, el liderazgo del presidente frente a las tropas, la forma como se planearon los principales golpes, y las dificultades diplomáticas que algunos de estos generaron. 

Estos incidentes tienen un nombre propio: Hugo Chávez. El libro narra detalles sobre la forma como Uribe intentó llevarse bien con él, pero sin sacrificar los intereses nacionales, lo que, en una palabra significaba que no apoyara a las Farc. Como recordamos, ello no fue posible por el lugar en el que estaban las lealtades del teniente coronel. 

En cuanto al estilo de gobierno, se podría definir como todo lo opuesto del actual: “Muchos políticos actuaban como si estuvieran en la cima de la montaña; nosotros caminábamos entre la gente, conversando sobre sus problemas cotidianos, hablando un idioma que pudieran entender”. 

Recorrer el país, escuchar a la población, liderar personalmente las situaciones críticas en el lugar que ocurrieran, y una políticamente inusual -y hasta terca- lealtad hacia sus colaboradores constituyen una forma de gobernar poco común entre nuestros mandatarios, más acostumbrados a disquisiciones e intrigas palaciegas. “Siempre he creído en la importancia de la presencia física en el lugar de las grandes crisis para coordinar mejor la respuesta, transmitir autoridad y asumir la responsabilidad de la situación”. 

Otro aspecto por el cual Uribe constituye un interesante caso de análisis es su habilidad comunicativa. En el libro enfatiza que la comunicación política debe ser sencilla y reiterativa. Por eso hoy, más de dos años después de terminado su gobierno todos tenemos claro en qué consisten “los tres huevitos”. Los mismos que su sucesor decidió abandonar porque no le quedaban bien ni en Palacio ni en Anapoima. 

Publicado en El Mundo, 9 de noviembre de 2012.